La historia de Roma

 

Este emprendimiento no solo se trata de muebles, ya lo saben, sino también de crianza respetuosa. Y toda crianza nace, muchas veces, desde el deseo de una mujer de ser madre; por eso este post.
La historia de Roma es lejana, es triste pero tiene un final inesperado. El subtítulo de su historia tiene la palabra INFERTILIDAD, en su primera versión. Editado, tiene la palabra DESEO, pero ese de verdad, y SANACIÓN.
Todo empezó en 2008, cuando comenzamos a buscar un embarazo que llegó a alegrarnos los días en Buenos Aires pero nos dio una trompada tristísima en Montevideo, cuando lo perdimos a los dos meses, donde me hicieron el primer raspado, o legrado, porque se hacía por rutina y yo no tenía nada de información sobre fisiología. Al año siguiente logramos el embarazo que seguro iba a estar bien, porque todos decían eso, y cuando llegó la ecografía sin latidos todo se volvió peor, confuso y terrible. Nada podía tener sentido.
El obstetra de entonces, se jugó la llamada de la prepaga retándolo y me mandó a hacer los estudios pertinentes, además de prometerme que él, un día, me iba a ser un parto. Todos los estudios, pero todos, me salieron mal. A mí, a mi compañero no.
El peor de todos fue el genético, el cariotipo, que me entregó la genetista, a quien creo que no escuché más de tres palabras para oír en mi mente 1. “Me voy a morir”. 2. “No puedo ser madre”. Mis genes estaban mal, muy mal, como para lograr ser madre naturalmente, las chances de lograr un embarazo sin ayuda carísima de la ciencia eran mínimas y si lo lograba las chances de tener un bebé sano eran, también, bajísimas.
¿La trombofilia? Una papa, señoras, al lado de eso, para mi situación, sobre todo cuando descubrí que mi famosa doctora, que me lo diagnosticó solía mandar a todas al mismo laboratorio de estudios, solía dar el mismo diagnóstico, solía recetar la misma droga del mismo LABORATORIO…
El segundo héroe en ese lío fueron dos mujeres, que habiendo pasado por la experiencia de la infertilidad antes de lograr ser madrazas, fundaron Concebir, una ONG que ayuda a personas con este problema. Con sus grupos, puede entender que no era la única, que no estaba sola, que la lucha era dura pero que en muchos casos se podía. Íbamos con mi compañero y más de una vez la tristeza se transformaba en risas con personas como las que ahí conocimos.
Y un día, mi compañero, que estaba haciendo terapia individual, puso la comida en el microondas mientras me dijo “mi psicóloga me dijo por qué no probamos hacer OVODONACIÓN”… yo quise matarlo con los rayos de ese aparato mientras pensaba que me estaba diciendo que yo, como mujer, era una inútil.
Me llevó un año procesar eso. Aceptar que no se es madre por los genes, ni por la panza, ni por la sangre, ni porque sus hijos se te parezcan. Chau vanidad, hola humildad. Chau mandatos, hola realidad. Hola VERDADERO DESEO. ¿Vos qué querés, ser madre? Bueno, listo, parece que la manera es esta.
Fue ahí que empecé a escuchar sobre la OVODONACIÓN, cosa que les cuento ahora entre contracción y contracción, pero no estoy en trabajo de parto, o al menos eso creo. Al principio me parecía algo casi terrible, algo lejano y casi inaccesible económicamente hablando. Con el tiempo, no sé bien cómo pero seguro los grupos de Concebir tuvieron mucho que ver, me empezó a ser una buena opción. En medio de todo esto, fuimos a anotarnos para la lista de adopción, porque queríamos ser padres, no importaba cómo llegaríamos a serlo. Fue entonces que hice un “match”: entre mi deseo de maternidad que, repito, era verdadero, y la adopción, LA OVODONACIÓN ERA UNA BENDICIÓN.
A las pocas semanas estaba sentada en el consultorio de la doctora que la amiga de una amiga me recomendó. Una persona divina. Al mes y medio, estábamos esperando a Luca.
Así empezó este maravilloso camino de la maternidad. Maravilloso en todo sentido para mí -en serio, hasta ahora pero creo por una razón que muchas ya saben- pero la INFERTILIDAD SEGUÍA AHÍ, desafiándome. Fue por eso que formé una editorial con libros sobre la temática y escribí dos libros para explicarles a los niños y las niñas nacidas por técnicas de reproducción asistida cómo habían nacido, con la verdad. Y otra vez perdí un embarazo natural, otra vez la desilusión y la bronca. Por qué Dios o el Universo me manda eso, no le encontraba sentido.
No la quiero hacer más larga, pero fue el “destrato” obstétrico, o la ignorancia del personal médico de mi no-parto, o el sistema que rige, el que me despertó para “sanar”. El trabajo de parto fue un circo que me montaron y la cesárea a la que ellos mismos me llevaron “me mató”, me dejó sin fuerza para disfrutar de mi sueño más preciado las primeras horas, los primeros días. Y con el tiempo empecé a cuestionarme qué había pasado, por qué tenía que ser así.
Empecé a enfrentarme a mis miedos, mis obsesiones, que empecé a trabajar en sesiones de registros akáshicos. y empecé a soltar.
Pero también empecé a cuestionarme por qué comíamos todo lo que el supermercado nos invitaba a comer, por qué vivíamos donde el sistema nos decía que teníamos que vivir… Quise sanar mi cesárea, la herida primal de Luca y fue así que me pareció lo mejor, y también para acompañar con más conocimiento a este hermoso emprendimiento que es Lala, hice la formación de doula, al ver que en sus libros María Montessori también hablaba del parto y del mal trato que en las instituciones tenían con los recién nacido. Y entonces un nuevo mundo se abrió ante mí: enfrentar la “enfermedad” de mi madre de una vez por todas, de descubrir que como mujeres no podemos ser totalmente libres si no nos enfrentamos a los fantasmas de nuestros antepasados ni honramos la sabiduría de nuestro linaje. Eso fue clave, yo no podía generar vida en mi interior de manera natural si no aceptaba, sino perdonaba cosas que mi propia mamá no pudo perdonar a su madre.
Y algo también importante: supe que había tenido tres hijos, pero que nunca los había honrado ni había hecho el duelo por ellos ni le había explicado bien a mi hijo nacido qué había pasado con ellos, conmigo.
Y empecé a cuidar mi cuerpo de todas las porquerías que comemos o nos untamos en la piel o en el pelo (es un proceso, sigo en ello, no es fácil pero me siento muy desintoxicada) y que estoy segura de que también nos enferman. Todo eso que se vende en supermercado, básicamente. Todo esto, siempre apoyada y acompañara a su manera por el amor de mi vida antes y después de Luca, mi gran compañero.
Entonces, con todo eso, tomé sesiones de biocodificación, en las cuales la verdad no sentía nada demasiado raro, pero evidentemente fueron liberadoras. Hice el duelo por mis hijos no nacidos, hablé con mi hijo sobre eso, escribí el que espero pronto sea otro libro sanador, y también sobre su hora sagrada que lo separaron de mí sin razón alguna…

Y estaba lista para otro tratamiento de ovodonación, sobre todo porque Luca pedía un hermanito/a. Luché nuevamente con mi prepaga como lo hice con él, sabiendo que esta vez tenía la Ley de Reproducción Asistida a nivel nacional, pero enseguida tuve que contratar a un abogada (que sigue luchando, casi un año después, porque la cumplan). Y me fui de vacaciones, a celebrar el cumple número 5 de mi hijo.
Y fue el mismo día en el que “me lo hicieron” nacer, que se produjo “¿el milagro?”. Al regresar, un día no pude desayunar mi religioso café y sospeché de algo, que confirmé con una beta en la guardia más cercana. Sabía que esta vez nada podía salir mal. Fue demasiada emoción junta.
Pero a las semanas el miedo empezó a aparecer, no tenía miedo de lo que tuvieras vos, hija, sino de cómo manejar lo que tal vez tuvieras, como siempre me habían advertido los genetistas. Si no estabas sana quería saber qué posibilidades de curarte teníamos, o cómo cuidarte de la mejor manera posible. Pero un inolvidable día, entramos al consultorio de la genetista que hace 10 años me había dado la peor de las noticias para darme una revancha de novela al decirme a mí y a tu papá que ESTABA TODO BIEN. Y esta foto es de tus genes iguales y perfectamente anormales que los míos conocidos con ese diagnóstico hace 10 años. Se puede decir que somos “iguales” en algo… pero creo que vos ya estás sanando y tu historia no va a ser la mía.
Entonces, Roma, pude disfrutar y empezar a pensar en evitar a toda costa de que nos robasen, sobre todo a vos, tu momento sagrado, tu nacimiento. Dimos un par de vueltas, no era una decisión fácil en ningún sentido, y en gran parte pudimos planificar tu nacimiento en casa gracias a personas que siguen esta cuenta.
Y ahora acá estamos, vos queriendo bajar al canal de parto, yo doblándome un poco por unos segundos, unos hermosos segundo. Nos estamos abrazando, pero esto recién empieza y no sé cuándo termina. Pero ya es tarde y tu papá me dice que vayamos a descansar… Ojalá soñemos con lo que sueño para vos, aceptando lo que nuevamente la vida tenga reservado para nosotras. Sos AMOR, ROMA, puro AMOR, y así empieza tu historia.

Mi mensaje para ustedes es que esta es nuestra experiencia, que es única, pero creo que volver a las raíces, conocer y valorar nuestros cuerpos de mujeres con todo un linaje detrás, al cual seguramente debamos en parte perdonar como nuestras hijas deberán perdonar lo que no podremos darle, cuidarnos de lo que parece “normal” pero nos hace mal, como toallas femeninas, tampones, protectores diarios, cosméticos, alimentos ultraprocesados, hacer los duelos luego de perder embarazos, tratar de optar por lo natural y no aceptar la primera cirugía o medicación que nos ofrezcan es un gran aliado, más cuando podemos hacer buen uso de la ciencia con los tratamientos de fertilidad que hay y que hoy por hoy todas  las prepagas y obra sociales deberían cubrir al 100%. Si necesitan ayuda no duden en acercarse a los grupos como el que mencioné.

Gracias por leerme, ahora me resta leérselo a Roma.

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